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Allí, las máscaras son un arte, una industria, y el símbolo de la ciudad. En sus comienzos fueron utilizadas con un sentido práctico comercial ya que Venecia era un punto fundamental en el intercambio de mercadería entre Oriente y Europa.
En las reuniones entre los comerciantes y el Estado, los participantes usaban la Bauta, máscara que cubría la cara hasta debajo de la boca y que permitía denunciar a los que evadían los impuestos pues también deformaba la voz.
En realidad, la máscara tenía un sentido de igualdad entre todos los ciudadanos. Más adelante, la Commedia dell´arte, una forma de representación teatral, la convirtió en el elemento que hoy conocemos.
Cada personaje representaba a un tipo de la sociedad y llevaba una máscara que lo definía. Así estaban il dottore, il capitano, la gnaga (mujer que compraba en el mercado), polichinel, arlequino y otros que la pintura ha hecho conocer en todo el mundo. Durante el Carnaval, los venecianos pasaban la mayor parte del día fuera de sus casas, por eso los cafés estaban abiertos durante las 24 horas. La mayoría de estos establecimientos se ubicaban en la Plaza San Marcos o sus alrededores. Allí, las máscaras se reunían para beber chocolates, sorbetes, limonadas y algunos licores como la sambucca o el amaretto.
La ley prohibía poner sillas o sillones en la calle. Entonces, los parroquianos se sentaban en los caponere, jaulas de pollos, que los vendedores ambulantes dejaban en la plaza durante la noche.
Por supuesto, las mujeres no podían estar en esos lugares pero un buen disfraz ayudaba a disimular su condición femenina. Si se las descubría, se la echaba inmediatamente, pero ellas volvían después de un rato.
Para los venecianos, todas las fiestas son excusa para comer. Cómo dejar pasar entonces el Carnaval. En esta celebración abundan los galani, tiras de pasta dulce fritas en manteca y azucaradas; las fritelle o buñuelos; los zaletti, rosquillas de la isla de Burano; la torta nocciolata y otras exquisiteces.
Por Elsa Scopazzo |